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Un domingo como tantos otros, frente al Monasterio de Sant Cugat

Una de las cosas que más me gusta de un domingo por la mañana es gozar de un buen aperitivo sentada en la plaza Octavià y disfrutando de las bellas vistas del Monasterio de mi ciudad.

cugat03Ese domingo ocupé una privilegiada mesa en la plaza, tras haber realizado un largo paseo por esos parques de los que disfrutamos todos los habitantes de Sant Cugat.

Los más madrugadores suelen ser personas de la tercera edad, ya que necesitan dormir poco y amanecen temprano. Los observo como avanzan lentamente con ese paso inherente al peso de la vida transcurrida. Se sientan en los bancos, bajo los árboles, para observar un mundo que, sin duda, les empezará a parecer ajeno.

Poco a poco el ambiente de finales de verano se llena de trinos; me siento rodeada de golondrinas y gorriones. Y paulatinamente la plaza se va llenando. Llegan parejas, gente joven. Hombres y mujeres que hoy se toman el mundo con mucha más tranquilidad, pues no hay prisa, es domingo por la mañana.

Me encanta observar a las personas, dejo volar mi imaginación y es como si me metiera en sus vidas.

Al poco rato, aparecen a mi lado dos matrimonios jóvenes con sus niños. Uno de ellos es de origen africano. El chaval  está inquieto con su patinete en la mano. Pide permiso y, con una zancada rápida y mucha habilidad, cruza toda la plaza. Al fondo otros dos niños africanos juegan al fútbol. El niño no se percata de su presencia hasta que se cruzan sus caminos. Frena el patín de golpe junto a ellos y los observa. Me imagino que igual le han despertado recuerdos inconscientes de su tierra, de cuando él, o su padre, su abuelo…,  corría sin zapatos por las polvorientas calles de un poblado africano con sus hermanos y amigos.

¡Como son los niños! En un segundo comienzan a hablar y ya los veo jugando a los tres sin ningún problema. ¿Te imaginas que esto lo hiciéramos los adultos? Uf, no. Impensable. ¡Qué genuinos y espontáneos son! No tienen problemas de relación. Luego, poco a poco, los adultos, con nuestras normas adquiridas de siglos, los hacemos cambiar. Y ellos se adaptan y pierden su ingenuidad y su verdad.

Me deleito mirándolos. De pronto aparece una niña de una edad similar a ellos, tendrá entre 6 y 7 años. Lleva un vestido multicolor y su pelo está poblado con miles de trencitas. La acompaña una mujer joven y blanca.¿Se parará también esa niña tan bonita? Pues sí. Detiene su paso. Es tímida ya que al principio no suelta el brazo de la que imagino es su madre. Poco a poco lo va soltando y da pasitos adelante y atrás como dudando inconscientemente de lo que va a hacer. Se sitúa junto a un árbol. La pelota pasa varias veces a su lado y ella se aparta. Como niña-mujer que es, observa a los varones con ese juego más fuerte, quizás a ella le guste jugar a las muñecas… Pasa un tiempo, ella se inquieta. Los otros niños ya se han percatado de su presencia. En un momento dado, el más alto de todos para el juego y la aborda directamente. No oigo lo que se dicen, pero me lo puedo imaginar. Ella se toca coqueta el vestido, se tira para atrás y, tras un segundo, asiente con su cabecita negra llena de trenzas. Y empiezan a jugar juntos los cuatro.

Yo respiro feliz. Me siento conmovida. ¿Por qué nosotros los adultos no podemos interrelacionarnos con la misma facilidad infantil? Pues porque no han imbuido unas creencias acerca de cómo hay que hacerlo; y si lo hiciéramos como ellos… ¡nos tacharían de locos!

Como me ha enseñado la psicología Gestalt, hay muchas cosas que nos tragamos sin masticar y que no digerimos, que proceden de nuestros padres –aunque estos no tengan ninguna culpa–, de la sociedad, del colegio,… y que se asientan dentro de nosotros para no dejarnos vivir como deberíamos. Nos impiden ser auténticos, espontáneos; ser responsables naturalidad y ser personas reales.

Sigo con mi aperitivo, rodeada de personas y dejando volar mis pensamientos. Un domingo más de finales de verano.

Autor: Mª José Rosés, Terapeuta Gestalt en SQGestalt

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